La crisis americana del 29 llegó a Europa al año siguiente. Las grandes potencias se embarcaron en políticas de nacionalismo económico, basadas en la elevación de aranceles para limitar las importaciones y en la devaluación de las monedas para facilitar las exportaciones.
Gran Bretaña se replegó en el Imperio adoptando una política de preferencia imperial y poniendo fin a una larga tradición librecambista, el New Deal de Roosevelt tenía una clara tendencia aislacionista, y, lo que era más grave, en Alemania, duramente golpeada por la depresión, se impuso una política de autarquía y rearme.
A finales de marzo de 1930 el último gobierno mayoritario de la República de Weimar, encabezado por el socialdemócrata Hermann Müller, se desmoronó por causa de una disputa en torno al saneamiento del seguro de desempleo. En las elecciones del mismo año, el partido Nacional Socialista (NSDAP), liderado por Adolf Hitler, se convirtió de la noche a la mañana en el segundo partido más votado, pasando de los 12 representantes a 107. En las siguientes elecciones (julio de 1932), el partido nazi duplicó sus escaños alcanzando los 230 representantes, tras lo cual el NSDAP exigió que Hitler asumiera la cancillería, cosa que el mismo Hitler rechazó. Solamente aceptaría el poder ejecutivo absoluto.
Tres años después de la bancarrota de la República de Weimar a causa del crack norteamericano, y tras el incendio del Reichstag y la posterior ola de histeria anti-comunista y anti-semita llevada a las calles por los grupos paramilitares de las SS, Adolf Hitler llega al poder en 1933 con un 44% de los votos y crea la Gestapo.
En 1935, con Hitler ya como Fhürer, se aprueban las leyes racistas de Nüremberg, por las cuales los judíos perdieron casi todos sus derechos. Como se respetó la legalidad durante el proceso, el tema pasó apenas inadvertido y sin oposición alguna.
Tras la aprobación de las leyes de 1935, llegó la noche de los cristales rotos en noviembre del 38, la invasión de Polonia e inicio de la segunda Guerra Mundial en 1939 y la declaración, en 1941, de la Solución Final, o el aniquilamiento de todos los judíos de Europa. Para esa tarea se construyó uno de los mayores horrores de la Historia de la humanidad: los campos de concentración en los que, además de judíos, se encerraba a cualquier persona peligrosa para el régimen, desde socialistas o liberales hasta personas “no deseables para la sociedad”, como homosexuales, discapacitados o deficientes mentales.
Quizá alguien, a estas alturas del post, se pregunte a que viene el título, o a que viene este pequeño repaso de historia. ¿No deberíamos recordar estos temas? Deberíamos. Pero en la práctica no lo hacemos.
A finales de 2008 empezó a hablarse del retorno de la autoridad a la política y de democratizar la economía.
Esta democratización de la economía no es más que devolver el control de ésta a los estados para someterla a nuevas regularizaciones, intervenciones y nacionalizaciones que, lejos, muy lejos de salvar a nadie, pueden llevar a la quiebra directa de los mismos estados interventores. Por el momento, y tras los avisos francés y griego, el primer Estado nacional en quiebra ha sido Islandia.
Pero la nacionalización no solamente afecta a bancos o grandes empresas. Bajo excusas nacionalistas se restringen los movimientos hasta de productos alimentarios y se ahogan las economías de los países emergentes. Bajo excusas de lucha contra el terror se desarrollan nuevas gestapos que amenazan de frente la libertad y los derechos de las personas.
Con la excusa de combatir la delincuencia se legalizan patrullas ciudadanas formadas por ex-agentes de policía y ex-militares, se legalizan la delación y la vulneración del secreto médico.
Con la excusa de la delincuencia, se retoman los campos de concentración y aislamiento pagados por los mismos internados, pero ahora con tecnología del siglo XXI.
¿Alarmista?¿Catastrofista? … Me encantaría pero, lamentablemente, lo que ven es lo que hay. Europa está retrocediendo 70 años. Y lo está haciendo muy rápido.